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nydus/David CopperfieldPublic
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XII. Como la vida por mi propia cuenta no me gusta más, tomo una gran resolución

Habiendo elevado la señora Micawber su voz hasta convertirla en un auténtico grito, estaba yo tan asustado que salí corriendo hacia la sala del club, y turbé al señor Micawber en el acto de presidir una larga mesa y dirigir el coro de

¡Arre, Clavellino, arre, Clavellino, arre, Clavellino, arre, y arre⁠—e⁠—e!

con la noticia de que la señora Micawber se hallaba en un estado alarmante, ante lo cual prorrumpió inmediatamente en lágrimas y se vino conmigo con el chaleco lleno de cabezas y colas de camarón, de los que había estado dando cuenta.

—¡Emma, ángel mío! —exclamó el señor Micawber, entrando corriendo en la habitación—; ¿qué ocurre?

—¡Jamás te abandonaré, Micawber! —exclamó ella.

—¡Mi vida! —dijo el señor Micawber, tomándola en sus brazos—. Estoy perfectamente al tanto de ello.

“¡Es el padre de mis hijos! ¡Es el padre de mis gemelos! ¡Es el esposo de mis afectos!”, exclamó la señora Micawber, forcejeando; “¡y ja⁠—más⁠—abandonaré al señor Micawber!”.

El señor Micawber se sintió tan profundamente conmovido por esta prueba de su devoción (en cuanto a mí, yo estaba deshecho en lágrimas), que se inclinó sobre ella con pasión, suplicándole que levantara la vista y se calmara. Pero cuanto más le pedía el señor Micawber a la señora Micawber que levantara la vista, más fijaba ella los ojos en la nada; y cuanto más le pedía que se tranquilizara, menos lo hacía ella.

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