Su padre tenía el vaso vacío en la mano. Lo vi dejarlo, mirar el cuadro al que ella se parecía tanto, llevarse la mano a la frente y recostarse hacia atrás en su sillón de orejas.
“Soy un humilde individuo para brindar por su salud —prosiguió Uriah—, pero la admiro... la adoro”.
Ningún dolor físico que la cabeza canosa de su padre hubiera podido soportar, creo yo, me habría resultado más terrible que la resistencia mental que vi comprimida ahora entre ambas manos.
—Agnes —dijo Uriah, o bien sin hacerle caso, o bien sin saber cuál era la naturaleza de su acto—, Agnes Wickfield es, puedo afirmarlo con seguridad, la más divina de su sexo. ¿Puedo hablar con franqueza, entre amigos? Ser su padre es un orgullo distinguido, pero ser su marido...
¡Líbrame de volver a escuchar jamás un grito como aquel con el que su padre se levantó de la mesa! —¿Qué pasa? —dijo Uriah, poniéndose de un color mortal—. Espero que no se haya vuelto loco después de todo, señor Wickfield. Si digo