aun en el caso de que hubiera supuesto a Agnes a millas de distancia, en lugar de verla ocupada con ellos y sonriendo ante el desorden en el que habían caído.
Mi tía fue bastante benévola con respecto al Támesis (la verdad es que se veía muy bien con el sol brillando, aunque no como el mar frente a la casita), pero no pudo transigir con el humo de Londres que, según decía, «impregnaba todo de pimienta».
Se estaba llevando a cabo una revolución total en todos los rincones de mis habitaciones, en la que Peggotty desempeñaba un papel destacado, a causa de esta pimienta; y yo estaba allí mirando, pensando en lo poco que parecía hacer la propia Peggotty a pesar de tanto trajín, y en lo mucho que hacía Agnes sin ningún tipo de bullicio, cuando llamaron a la puerta.
—Creo —dijo Agnes, poniéndose pálida—, que es papá. Me prometió que vendría.
Abrí la puerta y di paso, no solo al señor Wickfield, sino también a Uriah Heep.
hacía tiempo que no veía al señor Wickfield. Estaba preparado para notar un gran cambio en él, después de lo que me había contado Agnes, pero su aspecto me dejó impresionado.
No era que pareciera muchos años mayor, aunque seguía vistiendo con su habitual y escrupulosa pulcritud; ni que hubiera un rubor malsano en su rostro; ni que tuviera los ojos saltones e inyectados en sangre; ni que hubiera un temblor nervioso en su mano, cuya causa yo conocía y llevaba algunos años viendo actuar. No era que hubiera perdido su buen aspecto, ni su antiguo porte de caballero —pues no lo había perdido—, sino lo que más me llamó la atención fue que, conservando aún los indicios de su nobleza innata, se sometiera a esa rastrera encarnación de la mezquindad, Uriah Heep.