de un modo agitado —no sé cómo, pues por lo poco que alcanzaba a oír apenas estaba lo bastante tranquilo como para entender—, que el bote salvavidas había sido tripulado valientemente una hora antes y no podía hacer nada; y que, como ningún hombre sería tan desesperado como para intentar vadear el mar con un cabo y establecer comunicación con la orilla, no quedaba ya nada por intentar; cuando advertí que una nueva sensación conmovía a la gente de la playa, y los vi abrirse y a Ham irrumpir entre ellos para ponerse al frente.
Corrí hacia él —según recuerdo, para reiterarle mi ruego de ayuda. Pero, por muy obnubilada que estuviera ante un espectáculo tan insólito y terrible, la determinación en su rostro y su mirada hacia el mar —exactamente la misma mirada que recordaba de la mañana posterior a la huida de Emily— me despertaron a la conciencia del peligro que corría. Lo retuve con ambos brazos y supliqué a los hombres con quienes había estado hablando que no lo escucharan, que no cometieran un asesinato, ¡que no lo dejaran apartarse de aquella arena!