Mi madre se echó a llorar de inmediato, y se preguntó cómo se atrevía Peggotty a decir tal cosa.
—¡Como si esta pobre criatura en su cuna te hubiera hecho jamás ningún daño a ti o a cualquier otro, envidiosa! —dijo ella—. Mucho mejor harías en ir a casarte con el señor Barkis, el transportista. ¿Por qué no lo haces?
—Haría feliz a la señorita Murdstone, si lo fuera —dijo Peggotty.
—¡Qué mal genio tienes, Peggotty! —replicó mi madre—. Estás tan celosa de la señorita Murdstone como lo puede ser una criatura ridícula. ¡Imagino que querrías guardar las llaves tú misma y repartir todas las cosas? No me extrañaría nada que así fuera. ¡Cuando sabes que ella solo lo hace por amabilidad y con las mejores intenciones! Bien que lo sabes, Peggotty; bien que lo sabes.
Peggotty murmuró algo así como «¡Que se vayan al diablo las mejores intenciones!» y otra cosa en el sentido de que había demasiadas de las mejores intenciones por ahí.
—Sé lo que quieres decir, criatura cascarrabias —dijo mi madre—. Te entiendo perfectamente, Peggotty. Sabes muy bien que sí, y me extraña que no te pongas colorada como un tomate. Pero vayamos por partes. La señorita Murdstone es el asunto principal ahora, Peggotty, y no vas a escapar de él. ¿No la has oído decir, una y otra vez, que cree que soy demasiado imprudente y demasiado… a… a…?
—Bonita —sugirió Peggotty.
—Bueno —replicó mi madre, medio riendo—, y si es tan tonta como para decir eso, ¿puedo ser yo la culpable?
—Nadie dice que puedas —dijo Peggotty.
—¡No, eso faltaba más, en verdad! —replicó mi madre.