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nydus/David CopperfieldPublic
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LII. Asisto a una explosión

“Pero eso no servirá —murmuró Uriah, sintiéndose aliviado—. Madre, usted quédese callada”.

—Procuraremos proporcionarle algo que sirva, y que acabe con usted definitivamente, caballero, muy pronto —respondió el señor Micawber.

« “Segundo. Heep ha cometido, en varias ocasiones, según mi leal saber y entender, la falsificación sistemática, en varios asientos, libros y documentos, de la firma del señor W.; y lo ha hecho claramente en un caso que yo puedo demostrar. A saber, del modo siguiente, a saber:” »

Una vez más, el señor Micawber sentía un gran deleite en esa acumulación formal de palabras que, por muy ridículamente que se manifestara en su caso, debo decir que no le era en absoluto exclusiva. Lo he observado, a lo largo de mi vida, en multitud de hombres. Me parece que es una regla general. Al prestar juramentos legales, por ejemplo, los declarantes parecen disfrutar enormemente cuando llegan a varias palabras buenas seguidas para expresar una sola idea; como, por ejemplo, que las detestan, aborrecen y abjuran por completo, o algo así; y las viejas anatemas resultaban deleitables por el mismo principio. Hablamos de la tiranía de las palabras, pero también nos gusta tiranizarlas a ellas; nos encanta tener una gran plantilla superflua de palabras que nos atiendan en las grandes ocasiones; nos parece que da importancia y suena bien. Del mismo modo que no somos exigentes con el significado de nuestras libreas en ocasiones solemnes, con tal de que sean lo suficientemente elegantes y numerosas, el significado o la necesidad de nuestras palabras pasa a ser una consideración secundaria, siempre y cuando haya un gran desfile de ellas.

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