íbamos deprisa; pero por lo demás permanecía exactamente igual que al principio.
Bajamos en una de las entradas de la plaza que me había mencionado, donde le ordené al coche que esperara, por si acaso llegábamos a necesitarlo.
Ella posó su mano en mi brazo y me apresuró hacia una de las calles sombrías, de las que hay varias en esa zona, donde las casas en otro tiempo fueron mansiones dignas habitadas por familias solas, pero hacía ya mucho que habían decaído hasta convertirse en viviendas humildes alquiladas por habitaciones.
Al entrar por la puerta abierta de una de ellas y soltar mi brazo, me hizo señas para que la siguiera escaleras arriba por el descansillo común, que parecía un afluente de la calle.
La casa bullía de inquilinos. Mientras subíamos, se abrían las puertas de las habitaciones y se asomaban las cabezas de la gente; y nos cruzamos con otras personas en la escalera que venían bajando. Al echar un vistazo desde el exterior, antes de entrar, había visto a mujeres y niños holgazanear en las ventanas sobre macetas; y parecía que habíamos despertado su curiosidad, pues estos fueron principalmente los observadores que se asomaron por sus puertas. Era una amplia escalera revestida de paneles, con macizas balaustradas de alguna madera oscura; cornisas sobre las puertas, ornamentadas con fruta y flores talladas, y amplios asientos en las ventanas. Pero todos estos vestigios de pasada grandeza estaban miserablemente deteriorados y sucios; la podredumbre, la humedad y los años habían debilitado el suelo, el cual en muchos lugares no era firme y resultaba incluso peligroso. Se habían hecho algunos intentos, noté, de inyectar sangre nueva en esta estructura decadente, reparando aquí y allá la costosa carpintería