Pero el Doctor mismo era el ídolo de toda la escuela; y habría tenido que ser una escuela muy mal compuesta si hubiera sido otra cosa, pues era el más bondadoso de los hombres; con una fe tan sencilla en sí mismo que podría haber conmovido los corazones de piedra de las propias urnas de la pared.
Mientras paseaba arriba y abajo por aquella parte del patio situada junto a la casa, con los grajos y cornejas callejeros observándole con la cabeza ladeada con picardía, como si supieran cuánto más listos eran ellos en asuntos mundanos que él, con tal de que cualquier clase de vagabundo pudiera acercarse lo suficiente a sus chirriantes zapatos como para llamar su atención con una sola frase de un relato de desgracias, ese vagabundo tenía la vida resuelta por los dos días siguientes.
Era tan proverbial en la casa, que los profesores y los alumnos mayores se tomaban la molestia de interceptar a estos merodeadores en las esquinas, y de sacarlos por las ventanas y echarlos del patio, antes de que pudieran hacer que el Doctor advirtiera su presencia; lo cual a veces se lograba felizmente a pocos metros de él, sin que este se enterara de nada, mientras trotaba de un lado para otro.
Fuera de su propio dominio, y desprotegido, era como una oveja ante los esquiladores. Se habría quitado las polainas de las piernas para regalarlas.
En realidad, corría una historia entre nosotros (no tengo idea, ni la he tenido jamás, de cuál era la autoridad, pero la he creído durante tantos años que me siento completamente seguro de que es verdad) de que un día de helada, en pleno invierno, efectivamente le regaló las polainas a una pordiosera, la cual causó cierto escándalo en el vecindario al exhibir de puerta en puerta a un hermoso infante envuelto en aquellas prendas, que eran universalmente reconocidas, pues se conocían tan bien en las inmediaciones como la Catedral.