Doméstico
Trabajé duro en mi libro, sin permitir que interfiriera con el cumplimiento puntual de mis deberes periodísticos; y salió a la luz y tuvo mucho éxito.
No me aturdieron los elogios que resonaban en mis oídos, a pesar de que los percibía vivamente y, no me cabe duda, tenía mejor opinión de mi propia obra que cualquier otra persona.
Siempre he observado en la naturaleza humana que un hombre que tiene alguna buena razón para creer en sí mismo nunca se exhibe ante las caras de los demás para que crean en él. Por esta razón, conservé mi modestia con mucho amor propio; y cuantos más elogios recibía, más trataba de merecerlos.
No es mi propósito en este relato, aunque en todos los demás aspectos sea mi memoria escrita, proseguir la historia de mis propias ficciones. Ellas se expresan por sí mismas, y a ellas las dejo. Cuando me refiero a ellas de pasada, es solo como parte de mi evolución.
Habiendo llegado ya a tener ciertos fundamentos para creer que la naturaleza y el azar me habían hecho escritor, proseguí con confianza mi vocación. Sin semejante seguridad, sin duda lo habría dejado por la paz y habría consagrado mi energía a algún otro empeño. Habría intentado descubrir qué era lo que la naturaleza y el azar en verdad me habían hecho ser, y habría sido eso, y nada más.