Dios bendiga a mis dos hijos! ¡Que Dios proteja y guarde a mi muchacho sin padre!»
—Nunca volví a separarme de ella después —dijo Peggotty—. A menudo les hablaba a esos dos de abajo —porque los quería; no soportaba no querer a nadie que estuviera a su alrededor—, pero cuando se iban de su cabecera, siempre se volvía hacia mí, como si hubiera descanso donde estaba Peggotty, y nunca se quedó dormida de ninguna otra manera.
“La última noche, al atardecer, me besó y dijo:
«Si mi nene también se muere, Peggotty, por favor haz que lo acuesten en mis brazos y que nos entierren juntos».
(Así se hizo, pues el pobre angelito vivió solo un día más que ella).
«Deja que mi querido muchacho vaya con nosotros a nuestro lugar de descanso —dijo—, y dile que su madre, cuando yacía aquí, lo bendijo no una, sino mil veces»”.
Otro silencio siguió a esto, y otro suave golpecito en mi mano.
—Era bien entrada la noche —dijo Peggotty—, cuando me pidió algo de beber; y cuando lo hubo tomado, me dedicó una sonrisa tan paciente, ¡la pobre!, ¡tan hermosa!
“Había amanecido y el sol iba subiendo, cuando ella me dijo cuán amable y considerado había sido siempre con ella el señor Copperfield, y cómo la había tolerado, y le había dicho, cuando ella dudaba de sí misma, que un corazón amoroso era mejor y más fuerte que la sabiduría, y que él era un hombre feliz en el de ella. > —Peggotty, querida —dijo entonces—, acércame más a ti —pues estaba muy débil—. Pon tu buen brazo