siguiente, y estuvo entrando y saliendo de la despensa todo el día, poniendo las cosas en orden y sembrando el caos en la antigua disposición. Casi lo primero destacable que observé en la señorita Murdstone fue que vivía constantemente atormentada por la sospecha de que los sirvientes tenían a un hombre escondido en alguna parte de la casa. Bajo la influencia de este delirio, se zambullía en el sótano del carbón a las horas más inoportunas y casi nunca abría la puerta de un armario oscuro sin volver a cerrarla de golpe, con el convencimiento de que lo había atrapado.
Aunque la señorita Murdstone no tenía nada de etérea, era una auténtica alondra en lo que a levantarse se refiere.
Estaba levantada (y, según creo hasta el día de hoy, buscando a aquel hombre) antes de que nadie en la casa se moviera.
Peggotty opinaba que incluso dormía con un ojo abierto; pero yo no podía estar de acuerdo con esta idea, pues lo probé por mí mismo tras oír el comentario y descubrí que no se podía hacer.
La misma primera mañana de su llegada se levantó y tocó la campanilla al cantar el gallo.
Cuando mi madre bajó a desayunar y se disponía a preparar el té, la señorita Murdstone le dio una especie de picotazo en la mejilla, que era lo más parecido a un beso que solía dar, y dijo:
—Ahora, Clara, querida, ya sabes que he venido aquí para quitarte toda la molestia que pueda. Eres demasiado bonita y descuidada —mi madre se sonrojó pero rio, y pareció no disgustarle este calificativo— como para que se te impongan deberes que yo pueda asumir. Si fueras tan amable de darme tus llaves, querida, me encargaré de todo este tipo de asuntos en el futuro.