fuiste.
Permaneció un momento mordiendo el pañuelo y luego me dijo con el ceño fruncido:
—¿Qué más tiene que aportar? Si le queda algo, adelante. ¿A qué me mira?
El señor Micawber reanudó sin demora su carta, encantado de volver a una tarea con la que se sentía tan sumamente satisfecho.
« “Tercero. Y último. Me hallo ahora en condiciones de demostrar, mediante los libros falsos de... Heep, y las... verdaderas notas de... Heep, que empiezan por la cartera parcialmente destruida (que yo no pude comprender en el momento de su descubrimiento accidental por la señora Micawber, cuando tomamos posesión de nuestra actual morada, en el arcón o cajón destinado a recibir las cenizas calcinadas en nuestro hogar doméstico), que las debilidades, las faltas, las mismísimas virtudes, los afectos paternales y el sentido del honor del infeliz señor W. han sido explotados durante años por... Heep... y torcidos hacia los viles propósitos de... Heep. Que el señor W. ha sido engañado y expoliado durante años, de todas las maneras imaginables, para el engrandecimiento pecuniario del avaricioso, falso y rapaz... Heep. Que el objetivo absorbente de... Heep... era, después del lucro, someter al señor W. y a la señorita W. (de sus ulteriores miras en relación con esta última nada digo) enteramente a su voluntad. Que su último acto, consumado hace apenas unos meses, consistió en inducir al señor W. a firmar una renuncia a su parte en la sociedad, e incluso una escritura de traspaso de los propios muebles de su casa, a cambio de una determinada renta vitalicia, que debía ser bien y fielmente pagada por... Heep... en los cuatro días de vencimiento habituales de cada uno de los años de su vida.