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nydus/David CopperfieldPublic
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XLIV. Nuestra economía doméstica

mismo el libro de cocina, y hallé establecido en él que la asignación era de un cuarto de hora por cada libra, y digamos que un cuarto más. Pero el principio siempre nos fallaba por alguna extraña fatalidad, y nunca pudimos dar con un término medio entre el punto rojo y las cenizas.

Tenía razones para creer que al consumar estos fracasos incurrimos en un gasto mucho mayor que si hubiéramos logrado una serie de triunfos. Me pareció, al repasar los libros de los comerciantes, como si hubiéramos podido mantener pavimentado el piso del sótano con mantequilla, tal era la gran escala de nuestro consumo de dicho artículo.

No sé si las declaraciones de impuestos de la época habrán mostrado algún aumento en la demanda de pimienta; pero si nuestras actuaciones no afectaron al mercado, yo diría que varias familias debieron de haber dejado de usarla.

Y el hecho más maravilloso de todo era que nunca teníamos nada en la casa.

En cuanto a la lavandera que empeñaba la ropa y venía en un estado de penitente embriaguez a disculparse, supongo que eso le podría haber pasado a cualquiera varias veces.

También lo de la chimenea ardiendo, la bomba de incendios de la parroquia y el perjuro por parte del bedel.

Pero considero que tuvimos la fortuna personal de contratar a una criada con afición por los licores, que incrementaba nuestra cuenta corriente de cerveza en el mesón con conceptos tan inexplicables como «Un cuarto de ponche de ron (Sra. C.)»; «Medio cuarto de ginebra y clavo (Sra. C.)»; «Un vaso de ron y menta (Sra. C.)», refiriéndose los paréntesis siempre a Dora, de quien se suponía, según se aclaró después, que había trasegado todos estos refrigerios.

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