hace bastante tiempo. Los humildes, por lo general, tenemos ojos... y los usamos para mirar”.
Me esforcé por parecer indiferente y sin inquietud, pero, según vi en su rostro, con escaso éxito.
“Ahora bien, no voy a dejar que me pisoteen, Copperfield —continuó, levantando aquella parte de su rostro donde habrían estado sus cejas rojas si las hubiera tenido, con maligno triunfo—, y haré lo que pueda para poner fin a esta amistad.
No la apruebo. No me importa reconocerle que tengo un carácter más bien rencoroso y quiero alejar a todos los intrusos. No voy a correr el riesgo, si puedo evitarlo, de que se conspire en mi contra”.
—Creo que siempre estás tramando algo y te engañas creyendo que todos los demás hacen lo mismo —dije yo.
—Quizá sea así, maestro Copperfield —respondió—. Pero tengo un motivo, como solía decir mi socio, y me empeño en ello con uñas y