caballero que me habría hecho sentir a gusto, si algo hubiera podido lograrlo.
Me parecía, sin embargo, que había pasado tanto tiempo desde la última vez que había estado entre muchachos así, o entre compañeros de mi propia edad, aparte de Mick Walker y Papas Cocidas, que me sentí tan extraño como jamás lo había estado en mi vida.
Tenía tanta conciencia de haber atravesado escenas de las cuales ellos no podían tener conocimiento, y de haber adquirido experiencias extrañas para mi edad, mi aspecto y mi condición como uno de ellos, que a medias creía que era una impostura venir allí como un escolar corriente.
Me había vuelto, en la época de Murdstone y Grinby, por corta o larga que hubiese sido, tan desacostumbrado a los deportes y juegos de los muchachos, que sabía que era torpe e inexperto en las cosas más comunes que les pertenecían.
Todo lo que había aprendido se me había escurrido de tal modo entre las sórdidas preocupaciones de mi vida de sol a sol, que ahora, cuando me examinaban sobre lo que sabía, no sabía nada, y fui colocado en la clase más baja de la escuela.
Pero, por muy preocupado que estuviera por mi falta de habilidad infantil y también de conocimientos librescos, me sentía infinitamente más incómodo al pensar que, en lo que sí sabía, estaba mucho más alejado de mis compañeros que en lo que no sabía. ¿Qué pasaría por la mente de los muchachos, pensaba yo, si supieran de mi estrecha familiaridad con la prisión de King’s Bench? ¿Habría algo en mí que delatara, a pesar mío, mis andanzas con la familia Micawber —todos aquellos empeños, ventas y cenas—? ¿Y si alguno de los muchachos me hubiera visto cruzar Canterbury, fatigado y harapiento, y me descubriera? ¿Qué dirían, ellos que hacían