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nydus/David CopperfieldPublic
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XXXIII. Dichosa

buscar un lugar razonablemente seguro para los importantes documentos que personas de todas las clases se veían obligadas a entregarles, quisieran o no.

Que, tal vez, era un poco injusto que todos los grandes cargos en esta gran oficina fueran sinecuras magníficas, mientras que los desdichados oficinistas de la fría y oscura habitación de arriba eran los hombres peor recompensados y menos considerados, a pesar de realizar servicios importantes, en Londres.

Que tal vez era un tanto indecente que el registrador principal de todos, cuyo deber era procurarle al público, que acudía constantemente a este lugar, toda la comodidad necesaria, fuera un sinecurista descomunal en virtud de ese cargo (y pudiera ser, además, clérigo, pluralista, titular de una canonjía en una catedral y qué sé yo qué más), mientras que al público se le sometía al inconveniente del que teníamos una muestra todas las tardes cuando la oficina estaba ocupada, y que sabíamos que era completamente monstruoso.

Que, tal vez, en suma, esta Oficina de Prerrogativas de la diócesis de Canterbury era un asunto tan pestilente y un absurdo tan pernicioso que, de no estar encajada en un rincón del atrio de San Pablo, que poca gente conocía, la habrían puesto por completo de revés y patas arriba hace mucho tiempo.

Mr. Spenlow sonrió cuando me puse modestamente acalorado con el tema, y luego discutió esta cuestión conmigo como había discutido la otra. Dijo que, al fin y al cabo, ¿qué era? Era una cuestión de sentimiento. Si el público sentía que sus testamentos estaban a buen recaudo, y daba por sentado que la oficina no iba a mejorarse, ¿a quién perjudicaba? A nadie. ¿A quién beneficiaba? A todos los sinecuristas. Muy bien. Entonces el bien predominaba.

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