reflejo en los cristales de la débil vela que había dejado encendida, y el de mi propio rostro demacrado que me miraba desde el negro vacío.
A la larga, mi inquietud llegó a tal extremo, que me puse la ropa a toda prisa y bajé.
En la gran cocina, donde distinguí vagamente tocino y ristras de cebollas colgando de las vigas, los vigilantes se agruparon, en diversas posturas, alrededor de una mesa que habían apartado adrede de la gran chimenea para acercarla a la puerta.
Una chica bonita, que llevaba los oídos tapados con el delantal y los ojos fijos en la puerta, dio un grito al verme, tomándome por un espíritu; pero los demás tenían más presencia de ánimo y se alegraron de que se uniera alguien más a su compañía.
Un hombre, aludiendo al tema que habían estado discutiendo, me preguntó si creía que las almas de los carboneros que se habían hundido estaban fuera, en medio de la tormenta.