Le he conocido salir en plena noche, ante el temor de que, por algún accidente, la luz no estuviera en la ventana del viejo bote, y caminar hasta Yarmouth. Le he conocido, al leer algo en el periódico que pudiera aplicarse a ella, tomar su bastón y emprender un viaje de sesenta u ochenta millas. Hizo el viaje por mar a Nápoles, ida y vuelta, tras escuchar el relato en el que la señorita Dartle me había auxiliado. Todos sus viajes los realizaba con austeridad; pues se mantenia siempre firme en el propósito de ahorrar dinero por el bien de Emily, para cuando fuera encontrada. En toda esta larga búsqueda, nunca le oí lamentarse; nunca le oí decir que estaba cansado o desanimado.
Dora lo había visto a menudo desde nuestro matrimonio, y le tenía mucho cariño.
Me figuro su silueta ante mí ahora, de pie junto al sofá de ella, con su gorra basta en la mano, y los ojos azules de mi niña esposa alzados, con tímido asombro, hacia su rostro.
A veces, por la tarde, al atardecer, cuando venía a hablar conmigo, le persuadía para que fumara su pipa en el jardín, mientras paseábamos lentamente de un lado a otro; y entonces, la imagen de su hogar desamparado, y el aire confortable que solía tener ante mis ojos infantiles al atardecer, cuando el fuego ardía y el viento gemía a su alrededor, acudía con mayor viveza a mi mente.
Una noche, a esta hora, me contó que había encontrado a Martha esperando cerca de su alojamiento la noche anterior cuando salió, y que ella le había pedido que no se marchara de Londres bajo ningún concepto hasta que la hubiera vuelto a ver.
—¿Te dijo por qué? —le pregunté.