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nydus/David CopperfieldPublic
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El sueño del señor Peggotty se hace realidad

Le he conocido salir en plena noche, ante el temor de que, por algún accidente, la luz no estuviera en la ventana del viejo bote, y caminar hasta Yarmouth. Le he conocido, al leer algo en el periódico que pudiera aplicarse a ella, tomar su bastón y emprender un viaje de sesenta u ochenta millas. Hizo el viaje por mar a Nápoles, ida y vuelta, tras escuchar el relato en el que la señorita Dartle me había auxiliado. Todos sus viajes los realizaba con austeridad; pues se mantenia siempre firme en el propósito de ahorrar dinero por el bien de Emily, para cuando fuera encontrada. En toda esta larga búsqueda, nunca le oí lamentarse; nunca le oí decir que estaba cansado o desanimado.

Dora lo había visto a menudo desde nuestro matrimonio, y le tenía mucho cariño.

Me figuro su silueta ante mí ahora, de pie junto al sofá de ella, con su gorra basta en la mano, y los ojos azules de mi niña esposa alzados, con tímido asombro, hacia su rostro.

A veces, por la tarde, al atardecer, cuando venía a hablar conmigo, le persuadía para que fumara su pipa en el jardín, mientras paseábamos lentamente de un lado a otro; y entonces, la imagen de su hogar desamparado, y el aire confortable que solía tener ante mis ojos infantiles al atardecer, cuando el fuego ardía y el viento gemía a su alrededor, acudía con mayor viveza a mi mente.

Una noche, a esta hora, me contó que había encontrado a Martha esperando cerca de su alojamiento la noche anterior cuando salió, y que ella le había pedido que no se marchara de Londres bajo ningún concepto hasta que la hubiera vuelto a ver.

—¿Te dijo por qué? —le pregunté.

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