Sus lágrimas caían raudas; pero no eran como las que había derramado poco antes, y vi cómo mi esperanza se encendía en ellas.
“¡Agnes! ¡Siempre mi guía y mi mejor apoyo! Si hubieras pensado más en ti y menos en mí, cuando crecimos aquí juntos, creo que mi alocada imaginación nunca se habría apartado de ti. ¡Pero eras mucho mejor que yo, tan necesaria para mí en cada esperanza y desilusión infantil, que tenerte para confíar en ti y apoyarme en todo se convirtió en una segunda naturaleza, desplazando por un tiempo a la primera y más grande de amarte como te amo!”
Aún llorando, pero no con tristeza, ¡sino de alegría! Y aferrada a mis brazos como nunca antes había estado, ¡como había creído que jamás iba a estar!
“Cuando amaba a Dora —con ternura, Agnes, como bien sabes—”
—¡Sí! —exclamó con fervor—. ¡Me alegra saberlo!
“Cuando la amaba —incluso entonces, mi amor habría sido incompleto sin tu simpatía. La tuve, y se perfeccionó. ¡Y cuando la perdí, Agnes, qué habría sido de mí sin ti todavía!”
Más cerca en mis brazos, más cerca de mi corazón, su mano temblorosa sobre mi hombro, sus dulces ojos brillando a través de sus lágrimas, ¡sobre los míos!
“Me fui, querida Agnes, amándote. ¡Permanecí fuera, amándote; volví a casa, amándote!”
Y ahora, traté de hablarle de la lucha que había tenido y de la conclusión a la que había llegado. Traté de exponer ante ella mi mente, con verdad y por entero. Traté de mostrarle cómo esperaba haber llegado