que el hecho de que jamás podrá llevarse a cabo, ni jamás se llevará. Si hay alguna otra compensación…”
—Estoy mirando la semejanza de ese rostro —interrumpió el señor Peggotty, con una mirada firme pero encendida—, que me ha mirado en mi casa, junto a mi hogar, en mi barca —¡dónde no!—, sonriente y amistoso, cuando era tan traicionero, que me vuelvo medio loco al pensarlo. Si la semejanza de ese rostro no se convierte en fuego ardiente, ante la idea de ofrecer dinero por la desgracia y la ruina de mi hija, es igual de malo. No sé, por ser de una señora, si acaso es peor.
Ella cambió ahora, en un instante. Un rubor de ira cubrió sus facciones; y dijo, de manera intolerante, aferrándose con fuerza al sillón con las manos:
—¿Qué compensación puedes ofrecerme por abrir semejante abismo entre mi hijo y yo? ¿Qué es tu amor comparado con el mío? ¿Qué es