Codal
nydus/David CopperfieldPublic
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LII. Asisto a una explosión

El señor Micawber, sumamente desafiante ante él y su dedo extendido, y sacando mucho pecho hasta que aquel hubo salido sigiloso por la puerta, se dirigió entonces a mí y me ofreció la satisfacción de «ser testigo del restablecimiento de la confianza mutua entre él y la señora Micawber». Tras lo cual, invitó al conjunto de la compañía a la contemplación de tan conmovedor espectáculo.

“El velo que durante tanto tiempo se ha interpuesto entre la señora Micawber y yo ha sido retirado —dijo el señor Micawber—, y mis hijos y el Autor de su existencia pueden una vez más entrar en contacto en pie de igualdad”.

Como todos le estábamos muy agradecidos, y todos deseábamos demostrárselo tan bien como la prisa y el desconcierto de nuestros ánimos nos lo permitían, me atrevo a decir que habríamos ido todos, de no ser porque era necesario que Agnes volviera con su padre, incapaz todavía de soportar más que el alba de la esperanza, y que alguien retuviera a Uriah bajo segura custodia.

Así pues, Traddles se quedó con este último fin, para ser relevado al poco rato por el señor Dick; y el señor Dick, mi tía y yo nos fuimos a casa con el señor Micawber. Al despedirme apresuradamente de la entrañable muchacha a la que tanto debía, y al pensar de qué se había librado, tal vez, aquella mañana —a pesar de su firme resolución—, me sentí profundamente agradecido por las miserias de mis años jóvenes que me habían llevado a conocer al señor Micawber.

Su casa no estaba muy lejos; y como la puerta de la calle abría directamente a la sala de estar, y él se metió adentro con una precipitación muy propia de él, nos encontramos de golpe en el seno de la familia. El señor Micawber, exclamando: «¡Emma! ¡vida mía!», se precipitó en los brazos de la señora Micawber. La señora Micawber dio un grito y estrechó al señor Micawber en su abrazo.

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