levemente como antes, y pronunció con los labios la palabra «¡Vete!». Sin embargo, antes de que pudiera obedecer, el chatarrero me arrebató el pañuelo de la mano con una brusquedad que me arrojó a un lado como a una pluma y, poniéndoselo holgadamente alrededor del cuello, se volvió hacia la mujer con un juramento y la derribó de un golpe. Jamás olvidaré haberla visto caer de espaldas sobre el camino duro y quedar allí tendida con el sombrero descolocado y el cabello todo blanqueado por el polvo; ni, cuando miré atrás desde la distancia, verla sentada en el sendero, que era un talud al borde del camino, limpiándose la sangre de la cara con una punta de su chal, mientras él seguía adelante.
Esta aventura me asustó tanto que, después, cuando veía venir a cualquiera de esta gente, daba media vuelta hasta encontrar un escondite, donde me quedaba hasta que se habían perdido de vista; lo cual sucedió tan a menudo, que me retrasé muchísimo. Pero bajo esta dificultad, como bajo todas las demás dificultades de mi viaje, me pareció que me sostenía y guiaba la imagen idealizada de mi madre en su juventud, antes de que yo viniera al mundo. Siempre me hacía compañía. Estaba allí, entre el lúpulo, cuando me acostaba a dormir; estaba conmigo al despertar por la mañana; iba delante de mí todo el día. La he asociado desde entonces con la soleada calle de Canterbury, adormecida por decirlo así bajo la luz cálida; y con la visión de sus viejas casas y portales, y la majestuosa y gris catedral, con los grajos planeando alrededor de las torres. Cuando llegué, por fin, a las llanuras desnudas y extensas cerca de Dover, alivió con esperanza el aspecto solitario del paisaje; y no me abandonó hasta que alcancé esa primera gran meta de mi viaje, y puse el pie realmente en la propia ciudad, el sexto día de mi huida.