débilmente la menor disposición a escucharlo, el capitán Hopkins, con voz fuerte y sonora, le leía hasta la última palabra. El capitán lo habría leído veinte mil veces, si veinte mil personas lo hubieran escuchado, una por una.
Recuerdo cierto giro deleitable que imprimía a frases como «Los representantes del pueblo reunidos en el Parlamento», «Vuestros peticionarios se dirigen, por tanto, humildemente a vuestra honorable cámara», «Los desafortunados súbditos de su graciosa Majestad», como si las palabras fueran algo real en su boca y delicioso al paladar; mientras el señor Micawber escuchaba con un punto de vanidad de autor y contemplaba (sin severidad) los pinchos de la pared de enfrente.
Mientras caminaba de un lado a otro todos los días entre Southwark y Blackfriars, y holgazaneaba a la hora de comer en calles oscuras cuyas piedras quizás, que yo sepa, sigan desgastadas en este preciso instante por mis pies infantiles, ¡me pregunto a cuántos de esta gente le faltaba en la multitud que solía desfilar ante mí en revista una vez más, al eco de la voz del capitán Hopkins!
Cuando mis pensamientos regresan, ahora, a esa lenta agonía de mi juventud, ¡me pregunto cuánto de las historias que inventé para esa gente pende como una neblina de fantasía sobre hechos bien recordados!
Cuando piso el viejo terreno, ¡no me extraña que me parezca ver y compadecer, marchando delante de mí, a un niño inocente y romántico que crea su mundo imaginario a partir de experiencias tan extrañas y cosas sórdidas!