—Jane Murdstone, déjeme esto a mí, por favor. Digo, David, que para los jóvenes este es un mundo para la acción, y no para lamentarse y holgazanear en él. Lo es especialmente para un muchacho de tu carácter, que necesita una gran cantidad de corrección; y al cual no se le puede hacer mayor favor que obligarlo a amoldarse a los usos del mundo laboral, y doblarlo y quebrarlo.
—Porque la terquedad de nada sirve aquí —dijo su hermana—. Lo que hace falta es aplastarlo. Y hay que aplastarlo. ¡Y vaya que se hará!
Él le dirigió una mirada, mitad de reprensión, mitad de aprobación, y continuó:
—Supongo que sabes, David, que no soy rico. De cualquier modo, ya lo sabes ahora.
Has recibido ya una educación considerable. La educación es costosa; y aun si no lo fuera, y yo pudiera pagarla, opino que no te beneficiaría en absoluto seguir en el colegio.
Lo que tienes por delante es una lucha contra el mundo; y cuanto antes la comiences, mejor.
Creo que se me ocurrió que ya la había comenzado, a mi modo pobre: pero se me ocurre ahora, sea como fuere.
—Ha oído mencionar el «despacho» a veces —dijo el señor Murdstone.
—¿La oficina de contabilidad, señor? —repetí.
—De Murdstone y Grinby, en el negocio de los vinos —respondió.
Supongo que debí de poner cara de incertidumbre, pues continuó deprisa: