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nydus/David CopperfieldPublic
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XXVII. Tommy Traddles

—Bueno —dijo el lechero—. Entonces mañana no vas a tener nada. ¿Oyeme? Ni un fragmento de leche vas a tener mañana.

Me pareció que, en conjunto, se sentía aliviada ante la perspectiva de tener algo hoy.

El lechero, tras negar con la cabeza de un modo sombrío, le soltó la barbilla y, con todo menos buena voluntad, abrió su lata y depositó la cantidad habitual en la jarra de la familia.

Hecho esto, se marchó murmurando, y lanzó el grito de su oficio en la puerta de al lado con un chillido vindicativo.

—¿Vive aquí el señor Traddles? —inquirí entonces.

Una voz misteriosa desde el fondo del pasillo respondió «Sí». A lo cual el joven criado respondió «Sí».

—¿Está en casa? —dije.

De nuevo la misteriosa voz respondió afirmativamente, y de nuevo el criado la secundó. Tras esto, entré y, siguiendo las indicaciones del criado, subí las plantas; consciente, al pasar por la puerta del saloncito trasero, de que era observado por un ojo misterioso, que probablemente pertenecía a la voz misteriosa.

Cuando hube llegado a lo alto de la escalera⁠—la casa solo tenía un piso por encima de la planta baja⁠—, Traddles me esperaba en el descansillo. Se alegró muchísimo de verme y me dio la bienvenida, con gran cordialidad, a su pequeña habitación. Estaba en la parte delantera de la casa y era sumamente pulcra, aunque escasamente amueblada. Comprendí que era su única habitación, pues había en ella un sofá cama, y sus cepillos y betún de zapatos estaban entre sus libros⁠—en la balda superior, detrás de un diccionario. Su mesa estaba cubierta de papeles y trabajaba duro con una chaqueta vieja. No miré nada, que yo sepa, pero

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