—Annie, querida —dijo su madre, arreglándole algo en el vestido—. ¡Mira! Has perdido un lazo. ¿Habrá alguien tan amable de buscar una cinta; una cinta color cereza?
Era la que ella había llevado en el pecho. Todos la buscamos; yo mismo la busqué por todas partes, estoy seguro, pero nadie pudo encontrarla.
—¿Recuerdas dónde lo tuviste por última vez, Annie? —dijo su madre.
Me preguntaba cómo había podido pensar que parecía blanca, o cualquier otra cosa que no fuera de un rojo ardiente, cuando respondió que lo había tenido a buen recaudo hacía un momento, creía, pero que no valía la pena buscarlo.
Sin embargo, se volvió a buscar, y siguió sin aparecer.
Ella suplicó que no se buscase más; pero se siguió buscando, de manera desorganizada, hasta que estuvo completamente recuperada y los invitados se marcharon.
Caminamos muy despacio hacia casa, el señor Wickfield, Agnes y yo —Agnes y yo admirando la luz de la luna, y el señor Wickfield sin apenas apartar los ojos del suelo. Cuando por fin llegamos a nuestra propia puerta, Agnes descubrió que se había dejado el bolsito. Encantado de serle útil, corrí a buscarlo.
Entré en el comedor donde se había quedado, el cual estaba desierto y oscuro. Pero, como una puerta de comunicación entre este y el estudio del doctor, donde había luz, estaba abierta, pasé hasta allí para decir lo que quería y conseguir una vela.
El Doctor estaba sentado en su cómodo sillón junto a la chimenea, y su joven esposa se hallaba en un taburete a sus pies. El Doctor, con una