Los pescados eran pequeños y espinosos, y las patatas estaban un poco quemadas. Todos reconocimos que sentíamos aquello como una pequeña decepción; pero la señora Gummidge dijo que ella lo sentía más que nosotros, y volvió a derramar lágrimas, y repitió aquella anterior declaración con gran amargura.
Por consiguiente, cuando el señor Peggotty volvió a casa hacia las nueve, la desventurada señora Gummidge estaba tejiendo en su rincón, en un estado de desdicha y miseria muy grande.
Peggotty había estado trabajando alegremente. Ham había estado remendando un gran par de botas de agua; y yo, con la pequeña Em’ly a mi lado, les había estado leyendo.
La señora Gummidge no había hecho más comentario que un suspiro desolado, ni había levantado los ojos desde la merienda.
—Bueno, muchachos —dijo el señor Peggotty, tomando asiento—, ¿cómo están?
Todos dijimos algo, o insinuamos algo con la mirada, para darle la bienvenida, excepto la señora Gummidge, que se limitó a negar con la cabeza sobre su labor de punto.
—¿Qué pasa? —dijo el señor Peggotty, dando una palmada—. ¡Ánimo, vieja mawther! (El señor Peggotty quería decir vieja amiga).
La señora Gummidge no parecía ser capaz de animarse. Sacó un viejo pañuelo de seda negra y se secó los ojos; pero en vez de guardárselo en el bolsillo, lo dejó fuera y se los secó de nuevo, y siguió teniéndolo fuera, listo para usarlo.
—¿Qué le pasa, señora? —dijo el señor Peggotty.
—Nada —respondió la señora Gummidge—. ¿Vienes de El Ánima Dispuesta, Dan'l?