Descubrí que eran el perfecto aislamiento de los prisioneros —de modo que ningún hombre confinado allí sabía nada de ningún otro— y la reducción de los prisioneros a un estado mental saludable, que conducía a la contrición y al arrepentimiento sinceros.
Ahora bien, se me ocurrió, cuando empezamos a visitar a los individuos en sus celdas, a recorrer los pasillos en los que se encontraban dichas celdas y a que nos explicaran la forma de ir a la capilla y demás, que existía una fuerte probabilidad de que los prisioneros supieran bastante los unos de los otros y de que mantuvieran un sistema de comunicación bastante completo.
Esto, en el momento en que escribo, se ha demostrado, según creo, que es así; pero, como habría sido una auténtica blasfemia contra el sistema insinuar tal duda entonces, busqué la penitencia con tanta diligencia como pude.
Y aquí de nuevo