alguien. Aquel hombre cruel de la pata de palo agravaba mis sufrimientos. Él tenía autoridad; y si alguna vez me veía apoyado contra un árbol, o una pared, o la casa, me gritaba desde la puerta de su garita con una voz estruendosa: «¡Eh, usted! ¡Copperfield! ¡Muestre esa placa de manera visible, o lo denunciaré!». El patio de recreo era un corralón de grava desnuda, abierto a toda la parte trasera de la casa y a las oficinas; y yo sabía que los sirvientes lo leían, y el carnicero lo leía, y el panadero lo leía; que todo el mundo, en una palabra, que iba y venía a la casa, por la mañana, cuando se me ordenaba pasear por allí, leía que debían cuidarme, porque mordía, recuerdo que llegué positivamente a tenerme miedo a mí mismo, como a una especie de chico salvaje que de verdad mordía.
Había una puerta vieja en este patio de recreo, en la que los muchachos tenían la costumbre de grabar sus nombres. Estaba completamente cubierta de tales inscripciones.
Con el pavor que me daba el fin de las vacaciones y su regreso, no podía leer el nombre de un muchacho sin preguntarme con qué tono y con qué énfasis leería: «Cuidado con él. Muerde».
Había un muchacho —un tal J. Steerforth— que tallaba su nombre muy hondo y muy a menudo, y que, según yo imaginaba, lo leería con voz bastante fuerte y luego me tiraría del pelo.
Había otro muchacho, un tal Tommy Traddles, de quien temía que se burlara y fingiera estar aterrorizado de mí.
Había un tercero, George Demple, que me figuraba que lo cantaría.
Me he quedado mirando esa puerta, como una criatura encogida, hasta que los dueños de todos los nombres —por entonces había cuarenta y cinco en la escuela, según dijo el señor Mell— parecían enviarme al ostracismo por aclamación general y gritar, cada uno a su manera: «¡Cuidado con él. Muerde!».