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nydus/David CopperfieldPublic
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XXXV. Depresión

“Betsey Trotwood”, dijo mi tía, que siempre se había guardado sus asuntos de dinero para ella sola. “—No me refiero a tu hermana, Trot, querido, sino a mí misma—, tenía una cierta propiedad. No importa cuánto; lo suficiente para vivir. Más; porque había ahorrado un poco y lo había sumado. Betsey mantuvo su propiedad en fondos durante algún tiempo y luego, por consejo de su hombre de negocios, la invirtió en garantías territoriales. Eso marchó muy bien y rindió muy buenos intereses, hasta que a Betsey le devolvieron el capital. Estoy hablando de Betsey como si fuera un buque de guerra”.

—¡Pues bien! Entonces, Betsey tuvo que buscarse una nueva inversión. Creyó que ahora era más lista que su agente de negocios, el cual ya no era tan buen agente de negocios como solía serlo —me refiero a tu padre, Agnes—, y se le metió en la cabeza invertirlo por su cuenta. Así que llevó sus puercos —dijo mi tía— a un mercado extranjero; y resultó ser un mercado pésimo.

—Primero perdió a la manera de las minas, y luego perdió a la manera de las inmersiones —pescando tesoros o alguna tontería de esas al escondite inglés—, explicó mi tía, frotándose la nariz; y después volvió a perder a la manera de las minas y, por último, para arreglar el asunto del todo, perdió a la manera de los bancos. No sé cuánto valían las acciones del banco por un tiempo —dijo mi tía—; el ciento por ciento era lo mínimo, creo; pero el banco quedaba en el otro extremo del mundo y se desplomó en el espacio, por lo que sé; de cualquier modo, se vino abajo en pedazos, y jamás pagará ni pagará nunca ni un penique; y los peniques de Betsey estaban todos allí, y se acabó. ¡A palabras necias, oídos sordos!

Mi tía concluyó este resumen filosófico clavando los ojos con una especie de triunfo en Agnes, a quien el color le iba volviendo poco a poco al rostro.

—Querida señorita Trotwood, ¿es esa toda la historia? —dijo Agnes.

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