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nydus/David CopperfieldPublic
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VIII. Me descuidad, y se provee para mí

un par de pendientes de azabache, algunas cebollas españolas, una caja de dominó, un canario con su jaula y una pierna de cerdo en salazón.

El cortejo del señor Barkis, según lo recuerdo, fue de una índole de todo punto peculiar.

Muy pocas veces decía nada; sino que se sentaba junto al fuego casi con la misma actitud con que se sentaba en su carro, y miraba fijamente a Peggotty, que estaba enfrente.

Una noche, sintiéndose, según supongo, inspirado por el amor, se abalanzó sobre el trozo de cera de vela que ella guardaba para su hilo, se lo metió en el bolsillo del chaleco y se lo llevó. A partir de entonces, su mayor deleite era sacarlo cuando se necesitaba, pegado al forro de su bolsillo, medio derretido, y volver a guardarlo cuando terminaban de usarlo.

Parecía divertirse mucho y no sentir en absoluto la necesidad de hablar. Incluso cuando sacaba a Peggotty a pasear por los llanos, creo que no tenía ninguna inquietud por ese motivo; se conformaba con preguntarle de vez en cuando si iba bastante cómoda; y recuerdo que a veces, después de marcharse él, Peggotty se ponía el delantal sobre la cara y se reía durante media hora.

En verdad, todos estábamos más o menos divertidos, excepto la desdichada señora Gummidge, cuyo noviazgo debió de ser de una naturaleza exactamente paralela, a juzgar por lo mucho que estos sucesos le recordaban al difunto.

Por fin, cuando el plazo de mi visita casi había expirado, se divulgó la noticia de que Peggotty y el señor Barkis iban a pasar un día de fiesta juntos, y que la pequeña Em’ly y yo debíamos acompañarlos.

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