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nydus/David CopperfieldPublic
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XV. Hago otro comienzo

había mirado hacia arriba desde la calle, las cuales tenían asientos de roble viejo que parecían haber salido de los mismos árboles que el brillante suelo de roble y las grandes vigas del techo. Era una habitación amueblada con gracia, con un piano, algunos muebles alegres en rojo y verde, y unas flores. Parecía estar llena de rincones y recovecos antiguos; y en cada rincón y recoveco había alguna mesita curiosa, o alacena, o librería, o asiento, o cualquier otra cosa, que me hacía pensar que no había otro rincón tan bueno en la habitación; hasta que miraba al siguiente y lo encontraba igual, si no mejor. En todo se respiraba el mismo aire de retiro y limpieza que caracterizaba el exterior de la casa.

Mr. Wickfield tocó a una puerta en una esquina de la pared revestida de madera, y una muchacha de más o menos mi misma edad salió rápidamente y lo besó. En su rostro vi inmediatamente la expresión apacible y dulce de la señora cuyo retrato me había mirado desde la planta baja. A mi imaginación le pareció como si el retrato se hubiera vuelto mujer y la original hubiera permanecido niña. Aunque su rostro era muy alegre y feliz, había en él, y en ella, una tranquilidad —un espíritu callado, bueno y sereno— que nunca he olvidado; que nunca olvidaré. Ésta era su pequeña ama de llaves, su hija Agnes, dijo Mr. Wickfield. Cuando le oí decirlo y vi cómo le sostenía la mano, adiviné cuál era el único motivo de su vida.

Llevaba colgada del costado una cestita de esas de adorno, con llaves dentro; y parecía una ama de llaves tan formal y prudente como la vieja casa podía desear. Escuchó a su padre con rostro agradable mientras le hablaba de mí; y cuando él hubo terminado, le propuso a mi tía que subiéramos a ver mi habitación.

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