había mirado hacia arriba desde la calle, las cuales tenían asientos de roble viejo que parecían haber salido de los mismos árboles que el brillante suelo de roble y las grandes vigas del techo. Era una habitación amueblada con gracia, con un piano, algunos muebles alegres en rojo y verde, y unas flores. Parecía estar llena de rincones y recovecos antiguos; y en cada rincón y recoveco había alguna mesita curiosa, o alacena, o librería, o asiento, o cualquier otra cosa, que me hacía pensar que no había otro rincón tan bueno en la habitación; hasta que miraba al siguiente y lo encontraba igual, si no mejor. En todo se respiraba el mismo aire de retiro y limpieza que caracterizaba el exterior de la casa.
Mr. Wickfield tocó a una puerta en una esquina de la pared revestida de madera, y una muchacha de más o menos mi misma edad salió rápidamente y lo besó. En su rostro vi inmediatamente la expresión apacible y dulce de la señora cuyo retrato me había mirado desde la planta baja. A mi imaginación le pareció como si el retrato se hubiera vuelto mujer y la original hubiera permanecido niña. Aunque su rostro era muy alegre y feliz, había en él, y en ella, una tranquilidad —un espíritu callado, bueno y sereno— que nunca he olvidado; que nunca olvidaré. Ésta era su pequeña ama de llaves, su hija Agnes, dijo Mr. Wickfield. Cuando le oí decirlo y vi cómo le sostenía la mano, adiviné cuál era el único motivo de su vida.
Llevaba colgada del costado una cestita de esas de adorno, con llaves dentro; y parecía una ama de llaves tan formal y prudente como la vieja casa podía desear. Escuchó a su padre con rostro agradable mientras le hablaba de mí; y cuando él hubo terminado, le propuso a mi tía que subiéramos a ver mi habitación.