sacaba su flauta y soplaba en ella, hasta que casi creí que iría desvaneciendo todo su ser a través del gran agujero de arriba y se filtraría poco a poco por las llaves.
Me imagino a mí mismo de pequeño en aquellas habitaciones de penumbra, sentado con la cabeza apoyada en la mano, escuchando la lúgubre actuación de Mr. Mell y repasando las lecciones del día siguiente.
Me imagino con los libros cerrados, escuchando todavía la lúgubre actuación de Mr. Mell, y escuchando a través de ella lo que solía haber en casa y el soplar del viento en las llanuras de Yarmouth, y sintiéndome muy triste y solitario.
Me imagino subiendo a la cama, entre habitaciones desiertas, y sentado al borde de este llorando por una palabra cariñosas de Peggotty.
Me imagino bajando por la mañana y mirando a través de la larga y espantosa abertura de una ventana en la escalera la campana de la escuela colgada en lo alto de un cobertizo con una veleta encima; y temiendo el momento en que toque para poner a trabajar a J. Steerforth y a los demás: lo cual solo cede, en mis sombrías prevenciones, ante el momento en que el hombre de la pata de palo abra la oxidada verja para dar acceso al terrible Mr. Creakle.
No creo que fuera un personaje muy peligroso en ninguna de estas facetas, pero en todas ellas llevaba el mismo aviso a la espalda.
El Sr. Mell nunca me decía gran cosa, pero jamás fue duro conmigo. Supongo que hacíamos compañía el uno al otro, sin hablar.
Olvidaba mencionar que a veces hablaba solo, y sonreía, y apretaba el puño, y rechinaba los dientes, y se tiraba de los pelo de un modo inexplicable. Pero tenía esas peculiaridades, y al principio me asustaban, aunque pronto me acostumbré a ellas.