Tras haberle prestado un gorro de dormir, que se puso al instante y con el que ofrecía un aspecto tan espantoso que no he vuelto a ponerme uno desde entonces, lo dejé que descansara.
Jamás olvidaré aquella noche. Jamás olvidaré cómo di vueltas y me revolví en la cama; cómo me agoté pensando en Agnes y en este individuo; cómo reflexioné sobre qué podía hacer y qué debía hacer; cómo no pude llegar a otra conclusión que la de que el mejor camino para su tranquilidad era no hacer nada y guardarme para mí lo que había oído.
Si me dormía por unos instantes, la imagen de Agnes con sus ojos tiernos, y la de su padre mirándola con cariño, como tantas veces le había visto mirar, surgían ante mí con rostros suplicantes y me llenaban de vagos terrores. Cuando despertaba, el recuerdo de que Uriah estaba durmiendo en la habitación contigua pesaba sobre mí como una pesadilla en plena vigilia; y me oprimía con un temor plomizo, como si hubiera alojado en mi casa a una ralea inferior de demonio.
El tazón también se coló en mis pensamientos adormilados y no había manera de sacarlo de mi cabeza. Entre el sueño y la vigilia, me imaginé que seguía al rojo vivo, que lo había sacado de la fuga y se lo había clavado a él en el cuerpo. La idea llegó a obsesionarme tanto, a pesar de saber que no había nada de cierto en ella, que me colé de puntillas en la habitación de al lado para echarle un vistazo. Allí lo vi, tendido boca arriba, con las piernas estiradas no sé sabe dónde, con gorgorios en la garganta, obstrucciones en la nariz y la boca abierta como un buzón. Estaba mucho peor en la realidad que en mi fantasía febril, de modo que después me sentí atraído hacia él por pura repulsión, y no pude evitar entrar y salir cada media hora más o menos para echarle otro vistazo. Aun así, la larguísima noche se me antoja tan pesada y sin