Esto hizo que me quedara hasta que se marcharon todos los invitados. Conversar con ella y oírla cantar era un recordatorio tan delicioso de mi vida feliz en la venerable y vieja casa que ella había vuelto tan hermosa, que me habría podido quedar allí la mitad de la noche; pero, no teniendo excusa para quedarme más tiempo, cuando las luces de la compañía del señor Waterbrook se hubieron apagado por completo, me despedí muy en contra de mi voluntad. Sentí entonces, más que nunca, que ella era mi ángel de la guarda; y si pensaba en su dulce rostro y en su apacible sonrisa como si hubieran brillado sobre mí desde algún ser apartado, como un ángel, espero no haber incurrido en falta.
He dicho que la compañía se había marchado toda; pero debí exceptuar a Uriah, a quien no incluyo en esa denominación, y que no había dejado de rondarnos.
Estaba justo detrás de mí cuando bajé las escaleras. Estaba justo a mi lado cuando me alejé de la casa, ajustándose lentamente sus largos dedos de esqueleto en los dedos aún más largos de un par de guantes grandazos a lo Guy Fawkes.
Fue sin ninguna disposición para la compañía de Uriah, pero en recuerdo de la súplica que Agnes me había hecho, que le pregunté si quería venir a mi casa a tomar un café.
—Oh, en verdad, maestro Copperfield —replicó—, le ruego me perdone, Míster Copperfield, pero lo otro me sale tan natural, que no me gusta que se imponga una cortapisa para invitar a una persona humilde como yo a su casa.
—No hay dificultad alguna en el caso —dije—. ¿Viene usted?
—Me gustaría muchísimo —contestó Uriah con una retorcedura.
—¡Pues bien, vamos! —dije yo.