aunque nos hubiéramos separado en nuestra más temprana insensatez. Me esforcé por convertir lo que podría haber sido entre Agnes y yo en un medio para hacerme más abnegado, más resuelto, más consciente de mí mismo y de mis defectos y errores. Así, a través de la reflexión de que podría haber sido, llegué al convencimiento de que nunca podría ser.
Estas, con sus perplejidades e inconsistencias, fueron las arenas movedizas de mi mente, desde el momento de mi partida hasta el de mi regreso a casa, tres años más tarde.
Habían transcurrido tres años desde la partida del barco de emigrantes; cuando, a esa misma hora del atardecer, y en el mismo lugar, me encontraba en la cubierta del paquebote que me traía de vuelta a casa, contemplando las aguas rosadas donde había visto reflejada la imagen de aquel barco.
Tres años. Mucho tiempo en conjunto, aunque cortos mientras pasaban. Y el hogar era muy querido para mí, y Agnes también; pero ella no era mía; jamás iba a ser mía. ¡Pudo haberlo sido, pero eso ya había pasado!