Me senté ante mi pan moreno, mi huevo y mi loncha de tocineta, con un tazón de leche además, y me hice un desayuno delicioso.
Aún estando en su pleno disfrute, la vieja de la casa le dijo al Amo:
“¿Llevas la flauta contigo?”
«Sí», respondió él.
“Soplale un poco —dijo la anciana, con tono persuasivo—. ¡Hazlo!”
El Maestro, ante esto, metió la mano bajo los faldones de su abrigo y sacó su flauta en tres pedazos, que roscó entre sí, y empezó inmediatamente a tocar.
Mi impresión es, tras muchos años de meditación, que jamás pudo haber nadie en el mundo que tocara peor. Emitía los sonidos más lúgubres que jamás haya oído producir por medio alguno, natural o artificial.
No sé cuáles eran las melodías —si es que había tales cosas en la ejecución, lo cual dudo—, pero el influjo de aquella música sobre mí fue, primero, hacerme pensar en todas mis penas hasta que apenas pude contener las lágrimas; después, quitarme el apetito; y por último, darme tanto sueño que no podía mantener los ojos abiertos.
Se empiezan a cerrar de nuevo, y empiezo a dar cabezadas, mientras el recuerdo acude fresco a mi mente. Una vez más, la salita, con su alacena de rincón abierto, sus sillas de respaldo cuadrado, su escalera angulosa que lleva al piso de arriba y sus tres plumas de pavo real sobre la chimenea —recuerdo haberme preguntado, la primera vez que entré, qué habría pensado aquel pavo real de saber en qué iba a terminar su ostentación—, se desvanece ante mí, y doy cabezadas, y duermo.
La flauta se vuelve inaudible, en su lugar se oyen las ruedas del coche, y estoy en camino.