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nydus/David CopperfieldPublic
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LXIII

por allí un viajero de nuestra propia Norfolk o Suffolk, en Inglaterra (no recuerdo bien de cuál), y por supuesto lo alojamos, le dimos de comer y beber, y lo recibimos con hospitalidad. Todos hacemos eso en toda la colonia. Traía consigo un viejo periódico y alguna otra reseña impresa sobre la tormenta. Así fue como ella se enteró. Cuando llegué a casa por la noche, vi que ya lo sabía.

Bajó la voz al decir estas palabras, y la gravedad que tan bien recordaba se extendió por su rostro.

—¿La cambió mucho? —preguntamos.

—Sí, durante un buen rato —dijo, negando con la cabeza—; si no es hasta el día de hoy. Pero creo que la soledad le sentó bien. Y tenía muchas cosas de las que ocuparse, con los pollos y demás, y se ocupó, y salió adelante. Me pregunto —dijo pensativo— si pudieras ver a mi pequeña Em’ly ahora, amo Davy, ¡si la reconocerías!

—¿Está tan cambiada? —inquirí.

—No lo sé. La veo to’os los días, y no lo sé; pero, a veces, lo he pensao. Una figura ligera —dijo el señor Peggotty, mirando al fuego—, algo gastada; ojos azules, suaves y tristes; un rostro delicado; una linda cabeza, que se inclina un poco hacia abajo; una voz y unos modales tranquilos, casi tímidos. ¡Esa es Em’ly!

Lo observamos en silencio mientras estaba sentado, todavía mirando el fuego.

—Unos piensan —dijo—, que su cariño estuvo mal empleado; otros, que su matrimonio se frustró por la muerte. Nadie sabe cómo es en realidad. Habría podido casarse bien, un puñado de veces, «pero, tío —me dice—, eso ya se acabó para siempre». Alegre conmigo; reservada cuando hay otros delante; aficionada a ir a cualquier distancia con tal de enseñar a un niño, o de cuidar a un

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