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nydus/David CopperfieldPublic
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VIII. Mis vacaciones

—Bueno, pero la verdad es que me pregunto, señora —dijo Peggotty.

—¿Qué se te ha podido ocurrir meter a semejante persona en la cabeza? —preguntó mi madre—. ¿Es que no hay nadie más en el mundo a quien llevar allí?

—No sé cómo es —dijo Peggotty—, a no ser por causa de ser tonta, pero mi cabeza nunca puede elegir a su gente. Vienen y se van, y no vienen y no se van, tal como les da la gana. Me pregunto qué habrá sido de ella.

—¡Qué absurda eres, Peggotty! —replicó mi madre—. Cualquiera diría que deseas que te visite por segunda vez.

—¡Dios me libre! —exclamó Peggotty.

—Pues bien, no hables de cosas tan desagradables, haz el favor —dijo mi madre—. La señorita Betsey está encerrada en su casita junto al mar, sin duda, y allí se quedará. En todo caso, no es probable que vuelva a molestarnos.

“¡No!⁠ —meditó Peggotty⁠—. No, eso no es probable en absoluto. Me pregunto si, en caso de morir, le dejaría algo a Davy”.

—¡Dios mío, Peggotty —replicó mi madre—, qué mujer tan absurda eres! ¡Cuando bien sabes que a ella le ofendió profundamente que el pobre y querido muchacho llegara a nacer!

—Supongo que ahora no estará muy dispuesta a perdonarlo —insinuó Peggotty.

—¿Por qué habría de estar dispuesta a perdonarlo ahora? —dijo mi madre, con bastante aspereza.

—Ahora que ya tiene hermanito, digo yo —dijo Peggotty.

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