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nydus/David CopperfieldPublic
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XI. Comienzo a ganarme la vida por mi cuenta, y no me gusta

Por la tarde solía volver a la prisión, y pasearme arriba y abajo por el patio de armas con el señor Micawber; o jugar al casino con la señora Micawber, y escuchar los recuerdos de su papá y su mamá.

Si el señor Murdstone sabía dónde estaba, no sabría decirlo. Nunca se lo dije a los de Murdstone y Grinby.

Los asuntos del señor Micawber, aunque ya había pasado su crisis, se hallaban muy enredados debido a cierta «Escritura» de la que yo solía oír hablar un sinfín y que ahora supongo que habría sido algún arreglo anterior con sus acreedores, aunque entonces estaba tan lejos de comprenderlo con claridad, que soy consciente de haberlo confundido con aquellos pergaminos demoníacos de los que se cuenta que, antaño, abundaban enormemente en Alemania.

Al fin este documento pareció desaparecer de en medio, de algún modo; al menos dejó de ser el escollo que había sido, y la señora Micawber me informó de que «su familia» había decidido que el señor Micawber solicitara su liberación bajo la Ley de Deudores Insolentes, lo cual lo dejaría en libertad, según sus cálculos, en unas seis semanas.

«Y entonces —dijo el señor Micawber, que estaba presente—, no dudo que, si Dios quiere, empezaré a adelantarme a los acontecimientos y a vivir de una manera completamente nueva, si... en fin, si surge algo».

A modo de participar en cualquier cosa que pudiera presentarse, recuerdo que el señor Micawber, por entonces, redactó una petición dirigida a la Cámara de los Comunes, rogando una modificación en la ley de prisión por deudas. Consigno aquí este recuerdo porque para mí es un ejemplo de la manera en que adapté mis viejos libros a mi vida cambiante, y me inventaba historias a partir de las calles y de los hombres y mujeres; y de cómo algunos puntos esenciales del carácter que inconscientemente

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