—Tienes algo que decir, buen amigo —respondió mi tía—, y estarás mejor sin mí.
—Con su venia, señora —replicó el señor Peggotty—, le agradecería mucho, siempre y cuando no le moleste mi cháchara, que se quedara aquí.
—¿Lo harías? —dijo mi tía, con su habitual y breve buen carácter—. ¡Pues estoy segura de que yo también!
Así pues, pasó su brazo por el de Mr. Peggotty y caminó con él hasta un pequeño cenador cubierto de hojas que había al fondo del jardín, donde se sentó en un banco, y yo a su lado.
También había un asiento para Mr. Peggotty, pero él prefirió quedarse de pie, apoyando la mano en la pequeña mesa rústica.
Mientras estaba allí, mirando su gorra durante un rato antes de empezar a hablar, no pude evitar observar qué poder y fuerza de carácter expresaba su mano nervuda, y qué buena y fiel compañera era para su frente honesta y su cabello gris acero.
—Me llevé a mi querida niña anoche —comenzó el señor Peggotty, al tiempo que alzaba los ojos hacia los nuestros—, a mi hospedaje, donden he estado mucho tiempo esperándola y preparándolo todo para ella. Pasaron horas antes de que me reconociera bien; y cuando lo hizo, se arrodilló a mis pies, y me dijo con dulzura, como si estuviera rezando, cómo había sucedido todo. Pueden creerme, cuando oí su voz, aquella que había oído en casa con tanta alegría, y la vi humillada, como debió de estarlo en el polvo sobre el que nuestro Salvador escribió con su bendita mano, sentí que una herida se me clavaba en el ’azoncito, en medio de toda mi gratitud.
Se pasó la manga por la cara, sin ningún disimulo de por qué lo hacía; y luego se aclaró la voz.