contestó a la vuelta de correo. Su carta era esperanzadora, sincera y alegre. A partir de entonces, ella siempre estuvo alegre.
Tenía las manos más ocupadas que nunca, ahora. Tomando en cuenta mis viajes diarios a Highgate, Putney quedaba muy lejos; y, como era natural, quería ir allí tan a menudo como pudiera.
Siendo las meriendas propuestas del todo impracticables, llegué a un arreglo con la señorita Lavinia para obtener permiso de visitarlas todos los sábados por la tarde, sin perjuicio de mis privilegiados domingos.
Así pues, el final de cada semana era un tiempo delicioso para mí; y sobrellevaba el resto de la semana ansiando que llegara.
Me llenó de un alivio maravilloso descubrir que mi tía y las tías de Dora se llevaban,, sopesadas las cosas, con mucha más suavidad de la que habría podido esperar. Mi tía hizo su visita prometida a los pocos días de la conferencia; y a los pocos días más, las tías de Dora la devolvieron en toda regla y con la debida formalidad. Después tuvieron lugar intercambios similares pero más amistosos, por lo general a intervalos de tres o cuatro semanas. Sé que mi tía consternó muchísimo a las tías de Dora al descartar por completo la dignidad del transporte en coche de alquiler y presentarse a pie en Putney a horas insólitas, como poco después de desayunar o justo antes del té; así como por llevar el sombrero de cualquier manera que le resultara cómoda a la cabeza, sin someterse en absoluto a los prejuicios de la civilización sobre ese asunto. Pero las tías de Dora no tardaron en convenir en considerar a mi tía una dama excéntrica y de aspecto algo varonil, dotada de un entendimiento sólido; y aunque mi tía solía irritar los ánimos de las tías de Dora al expresar opiniones heréticas sobre diversos puntos de