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nydus/David CopperfieldPublic
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XXXV. Depresión

Había surgido una diferencia de opinión entre ella y la señora Crupp sobre una cuestión abstracta (la conveniencia de que los aposentos fuesen habitados por el sexo débil); y mi tía, totalmente indiferente a los espasmos de la señora Crupp, había zanjado la disputa informando a dicha señora de que olía a mi brandy y de que le agradecería que tuviera a bien largarse. Ambas expresiones las consideraba la señora Crupp susceptibles de demanda, y había manifestado su intención de llevarlas ante un «British Judy» —refiriéndose, según se suponía, al baluarte de nuestras libertades nacionales—.

Mi tía, sin embargo, habiendo tenido tiempo de calmarse mientras Peggotty acompañaba a ver a los soldados de Horse Guards al señor Dick —y estando, además, muy contenta de ver a Agnes—, más bien se vanagloriaba del asunto que otra cosa, y nos recibió con intacto buen humor. Cuando Agnes dejó su sombrero sobre la mesa y se sentó a su lado, no pude dejar de pensar, al contemplar sus ojos apacibles y su frente radiante, cuán natural parecía tenerla allí; cuán confiadamente, a pesar de ser tan joven e inexperta, confiaba mi tía en ella; cuán fuerte era, en verdad, en su amor sencillo y su verdad.

Empezamos a hablar de las pérdidas de mi tía, y les conté lo que había intentado hacer esa mañana.

—Lo cual fue imprudente, Trot —dijo mi tía—, pero bien intencionado. Eres un muchacho generoso —supongo que debo decir «joven», ahora— y estoy orgullosa de ti, querido. Hasta ahí, todo bien. Ahora, Trot y Agnes, miremos el caso de Betsey Trotwood cara a cara y veamos cómo está la situación.

Observé que Agnes se ponía pálida mientras miraba con mucha atención a mi tía. Mi tía, acariciando a su gato, miraba con mucha atención a Agnes.

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