nocturnos. Es una casa grande; pero Traddles guarda sus papeles en su vestidor y sus botas con sus papeles; y él y Sophy se apiñan en las habitaciones de arriba, reservando los mejores dormitorios para la Belleza y las chicas. No hay espacio que perder en la casa; pues hay más de «las chicas» aquí, y siempre están aquí, por hache o por be, de las que sé contar. Aquí, cuando entramos, hay una multitud de ellas corriendo hacia la puerta y pasando a Traddles de mano en mano para besarlo hasta dejarlo sin aliento. Aquí está, instalada a perpetuidad, la pobre Belleza, viuda con una niña; aquí están, a la hora de cenar en el cumpleaños de Sophy, las tres chicas casadas con sus tres maridos, y el hermano de uno de los maridos, y el primo de otro marido, y la hermana de otro marido, que me parece que está comprometida con el primo. Traddles, exactamente el mismo muchacho sencillo y sin afectación de siempre, preside el extremo de la gran mesa como un patriarca; y Sophy le sonríe radiante desde la cabecera, a través de un espacio alegre que ciertamente no reluce por la plata de Britania.
Y ahora, al concluir mi tarea, reprimiendo mi deseo de demorarme aún, estos rostros se desvanecen.
Pero un rostro, que brilla sobre mí como una luz celestial mediante la cual veo todos los demás objetos, está por encima y más allá de todos ellos. Y ese permanece.
Giro la cabeza y lo veo, en su hermosa serenidad, a mi lado.
Mi lámpara arde débilmente y he escrito hasta bien entrada la noche; pero la entrañable presencia, sin la cual yo no sería nada, me hace compañía.
Oh, Agnes, oh, alma mía, así esté tu rostro junto a mí cuando cierre mi vida en verdad; así pueda yo, cuando las realidades se desvanezcan a mi alrededor, como las sombras que ahora desecho, ¡encontrarte aún cerca de mí, señalando hacia el cielo!