En cualquier ocupación en la que estuviera enfrascada, por muy interesante que le resultara la conversación en la que participaba, un burro desviaba el curso de sus ideas en un instante, y se lanzaba sobre él de inmediato.
Jarros de agua y regaderas se guardaban en lugares secretos listos para ser descargados sobre los muchachos infractores; había palos apostados en emboscada detrás de la puerta; se hacían salidas a todas horas; y la guerra era incesante.
Tal vez esto fuera una distracción agradable para los muchachos de los burros; o tal vez los más astutos de los burros, comprendiendo cómo estaba la situación, se deleitaban con constitucional obstinación en pasar por allí.
Solo sé que hubo tres alarmas antes de que el baño estuviera listo; y que con motivo de la última y más desesperada de todas, vi a mi tía enfrentarse, ella sola, a un muchacho pelirrojo de quince años, y golpearle la cabeza rojiza contra su propia puerta, antes de que este pareciera comprender qué pasaba.
Estas interrupciones me resultaban tanto más ridículas cuanto que en ese momento me estaba dando caldo con una cuchara sopera (al haberse convencido firmemente de que me moría de inanición y debía recibir alimento al principio en cantidades muy pequeñas), y, mientras yo aún tenía la boca abierta para recibir la cuchara, ella la volvía a meter en el tazón, exclamaba: «¡Janet! ¡Burros!» y salía al ataque.
El baño fue un gran consuelo. Pues empezaba a notar unos dolores agudos en las extremidades a causa de haber estado acostado en los campos, y estaba tan cansado y débil que apenas podía mantenerme despierto cinco minutos seguidos. Cuando hube terminado de bañarme, ellas (me refiero a mi tía y a Janet) me vistieron con una camisa y un pantalón que pertenecían al