Me asombra ahora pensar cómo encontraba tiempo, en medio de mis lecturas y mis tropiezos con temas más densos, para leer aquellos libros como lo hacía. Me causa extrañismo cómo pude jamás consolarme de mis pequeños pesares (que para mí eran grandes pesares), encarnando en ellos a mis personajes favoritos —como lo hacía— y poniendo al señor y a la señorita Murdstone en todos los papeles malos —cosa que también hacía—. He sido Tom Jones (un Tom Jones infantil, una criatura inofensiva) durante una semana entera. He sostenido mi propia idea de Roderick Random durante un mes seguido, según creo firmemente.
Sentía un apetito voraz por unos cuantos volúmenes de Viajes y Exploraciones —ahora no recuerdo cuáles— que estaban en aquellas estanterías; y aún puedo recordar cómo, durante días y días, anduve por mi rincón de la casa armado con la pieza central de un viejo juego de ensanchadores de botas: la encarnación perfecta del capitán Fulano, de la Real Marina Británica, en peligro de ser acosado por los salvajes y decidido a vender cara su vida. El capitán jamás perdía la dignidad por recibir bofetadas con la gramática latina. Yo sí; pero el capitán era un capitán y un héroe, a pesar de todas las gramáticas de todas las lenguas del mundo, vivas o muertas.
Este era mi único y constante consuelo. Cuando pienso en ello, acude siempre a mi mente la imagen de una tarde de verano, los muchachos jugando en el cementerio, y yo sentado en mi cama, leyendo como si me fuera la vida en ello. Cada granero de los alrededores, cada piedra de la iglesia y cada rincón del cementerio tenían en mi mente alguna asociación propia relacionada con estos libros, y representaban algún lugar hecho célebre en ellos. He visto a Tom Pipes trepar por el campanario de la iglesia; he observado a Strap, con la mochila a la espalda, deteniéndose a descansar en la puertecilla del jardín; y sé que el comodoro Trunnion sostuvo aquel