Se acuesta a mis pies, se estira como para dormir y, con un gemido lastimero, muere.
“¡Oh, Agnes! ¡Mira, mira, aquí!”—¡Ese rostro, tan lleno de piedad y de dolor, esa lluvia de lágrimas, esa espantosa e implorante mudez hacia mí, esa solemne mano alzada hacia el Cielo!
“¿Agnes?”
Se acabó. La oscuridad ante mis ojos se cierne; y, por un tiempo, todas las cosas se borran de mi memoria.