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nydus/David CopperfieldPublic
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LIII. Otra retrospectiva

tanto, que quizá no habrías podido amarla ni la mitad! Sé que era demasiado joven y tonta. ¡Está mucho mejor

Agnes está abajo, cuando voy al salón; y le doy el recado. Desaparece, dejándome a solas con Jip.

Su casa china está junto al fuego; y él yace en su interior, sobre su lecho de franela, intentando quejumbrosamente dormir. La brillante luna está alta y clara. Al asomarme a la noche, mis lágrimas caen raudas, y mi indómito corazón recibe un castigo severo⁠—severo.

Me siento junto al fuego, pensando con ciego remordimiento en todos esos sentimientos secretos que he alimentado desde mi matrimonio. Pienso en cada pequeña nadería entre Dora y yo, y siento la verdad de que las naderías forman la suma de la vida.

Surgiendo siempre del mar de mi recuerdo, está la imagen de la querida niña tal como la conocí al principio, adornada por mi amor juvenil y por el suyo, con toda fascinación de la que un amor así es rico.

¿Habría sido, en verdad, mejor si nos hubiésemos amado como un muchacho y una muchacha, y lo hubiésemos olvidado? ¡Corazón indisciplinado, responde!

Cómo pasa el tiempo, no lo sé; hasta que me llama la antigua compañera de mi niña-esposa. Más inquieto que antes, sale a gatas de su casita, me mira, deambula hasta la puerta y gime para subir.

“¡Esta noche no, Jip! ¡Esta noche no!”

Vuelve muy lentamente hacia mí, me lame la mano y alza sus apagados ojos hacia mi rostro.

“¡Oh, Jip! ¡Puede que jamás, nunca jamás!”

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