Codal
nydus/David CopperfieldPublic
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XLII

La vi quedarse de pie donde él la había dejado, como una estatua; y luego inclinar la cabeza, y juntar las manos, y llorar, no puedo decir cuán tristemente.

A veces, después de aquello, me imaginaba que intentaba hablarme incluso a mí, en los ratos en que nos dejaban a solas. Pero nunca pronunciaba una sola palabra.

El doctor siempre traía algún proyecto nuevo para que ella participara en diversiones fuera de casa, en compañía de su madre; y la señora Markleham, a quien le gustaban mucho las diversiones y se descontentaba con facilidad por cualquier otra cosa, participaba en ellas de muy buena gana y no escatimaba elogios.

Pero Annie, de un modo desanimado e infeliz, se limitaba a ir adonde la guiaban y parecía no importarle nada.

No sabía qué pensar. Tampoco mi tía; que debió de haber recorrido, en distintos momentos, cien millas en su incertidumbre.

Lo más extraño de todo era que el único alivio real que pareció abrirse paso en la región secreta de esta infelicidad doméstica, lo hizo en la persona del señor Dick.

Cuales fueran sus pensamientos sobre el tema, o cuál su observación, soy tan incapaz de explicarlo como me atrevo a decir que lo habría sido él para ayudarme en la tarea.

Pero, tal como he consignado en la narración de mis días escolares, su veneración por el Doctor era imensa; y hay una sutileza de percepción en el afecto verdadero, aun cuando este es profesado hacia el hombre por uno de los animales inferiores, que deja atrás al más alto intelecto. A esta inteligencia del corazón, si así puedo llamarla, en el señor Dick, llegó directo algún rayo brillante de la verdad.

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