inclino a creer, debido a mi incertidumbre en este punto, que primero fueron seis y después siete. Me pagó una semana por adelantado (creo que de su propio bolsillo), y con ese dinero le di seis peniques a Mealy para que me llevara el baúl a Windsor Terrace esa misma noche, pues era demasiado pesado para mis fuerzas, por escasas que fueran. Pagué otros seis peniques por mi comida, que consistió en un pastel de carne y un trago en una bomba de agua cercana; y pasé la hora que tenía permitida para ese almuerzo caminando por las calles.
A la hora convenida por la tarde, el señor Micawber reapareció. Me lavé las manos y la cara para hacer honor a su hidalguía, y caminamos juntos hacia nuestra casa, como supongo que debo llamarla ahora; el señor Micawber grababa en mí los nombres de las calles y las formas de las esquinas mientras íbamos, para que pudiera encontrar el camino de regreso fácilmente por la mañana.
Llegado a esta casa de Windsor Terrace (que noté que era tan achacosa como él, pero también, como él, aparentaba todo lo que podía), me presentó a la señora Micawber, una señora delgada y marchita, para nada joven, que estaba sentada en la salita (el primer piso estaba totalmente amueblado y las persianas se mantenían bajadas para engañar a los vecinos), con un bebé en el pecho.
Este bebé era uno de gemelos; y puedo señalar aquí que casi nunca, en toda mi experiencia con la familia, vi a ambos gemelos separados de la señora Micawber al mismo tiempo. Uno de ellos siempre estaba tomando su alimento.
Había otros dos niños: el maestro Micawber, de unos cuatro años, y la señorita Micawber, de unos tres.